La curiosidad resucitó al gato

Qué curioso que una palabra como “curiosidad”, que etimológicamente procede de curiositas, deseo de saber) signifique también “el deseo de conocer o averiguar lo que no me concierne” según la RAE -hasta 2007-. Y, aunque la Academia cambiara su acepción a petición popular para añadir a la definición “Cosa curiosa (que llama la atención)”, ambas acepciones siguen usándose.

Será porque la curiosidad lleva a preguntar lo que no se comprende, a mirar más allá de lo que se muestra, a probar más allá de lo demostrado. Suelen ser preguntas que se salen del camino, a menudo incluso incómodas para quienes no quieren que nada cambie.  

Curiosidad, una gran soft skill

De todas las habilidades blandas, la curiosidad es la más transversal.

Hace falta curiosidad para aplicar empatía y desarrollar la inteligencia emocional. Porque para empatizar debes tener interés en la otra persona y curiosidad por saber cómo piensa, cómo siente. Interés genuino en la otra persona, curiosidad por todo lo que te puede aportar.

La creatividad, la habilidad más de moda, tampoco existe sin curiosidad. Sin probar, sin atreverse, sin cuestionar, es imposible crear. Creatividad y curiosidad son inseparables.

Y, por supuesto, el aprendizaje: el origen etimológico de curiosidad es “curiositas”, que significa, ni más ni menos que “deseo de saber”.  Todos nacemos con el don de la curiosidad, todos pasamos por la etapa de los ‘por qués’ interminables. El que la hayamos mantenido habrá dependido, por un lado, de la personalidad y -parece, según algunos estudios- de la genética. Pero también de cuántos “por qués” nos dejaran formular cuando estábamos en esa etapa y en todas las posteriores. No es lo mismo vivir en un contexto en el que se respondía sin ganas y al quinto ‘por qué’ la respuesta era un ‘porque sí’, que haber crecido en un entorno donde la respuesta acababa siendo un “¿Y tú, por qué crees?”. Aquí empezamos con la curiosidad, pero la capacidad de asombro sigue durante los siguientes años como explica Catherine L’Ecuyer en su libro “Educar en el asombro”.

No es lo mismo vivir en un contexto en el que se respondía sin ganas y al quinto ‘por qué’ la respuesta era un ‘porque sí’, que haber crecido en un entorno donde la respuesta acababa siendo un “¿Y tú, por qué crees?”.

El cerebro curioso

La neurociencia ha identificado varias zonas del cerebro involucradas en la curiosidad, abarcando áreas más racionales y también las emocionales, como no podía ser de otra manera. 

Las rutas de neuronas que transmiten dopamina, el neurotransmisor del placer, el estado de ánimo, la motivación y la actividad motora, se activan cuando experimentan una sensación de descubrimiento o aprendizaje, porque identifican que ese resuelve su curiosidad inicial.

El sistema límbico, donde se procesa la emoción, se activa con el interés y la atención hacia un estímulo nuevo.

Y la corteza prefrontal, el área de la planificación y la toma de decisiones, se activa en situaciones de curiosidad, porque el cerebro está buscando nueva información o estrategias para resolver un problema.

Por tanto, la curiosidad activa, primero, el interés hacia un nuevo estímulo; busca la manera de resolver lo que ese estímulo requiera y, finalmente, recibe una recompensa en forma de acción primero y placer después, por ese descubrimiento.

Un proceso maravilloso que explica por qué la curiosidad mantiene joven a nuestro cerebro. Diversos estudios han relacionado la reserva cognitiva con un menor riesgo de desarrollar enfermedades degenerativas como el Alzheimer. Y aunque son estudios observacionales en los que no se puede establecer una relación directa de causa-efecto, sí está claro que tener curiosidad por el entorno que nos rodea, activa la motivación, que no es más -ni menos-, que tener motivos para pasar a la acción. 

Curiosidad incremental o curiosidad disruptiva

Entre los siglos XVI y XVIII, los europeos exponían objetos exóticos que provenían de todos los rincones del mundo, en espacios que llamaban Cuartos de Maravillas o Gabinetes de Curiosidades (por cierto, te recomiendo el podcast de Nuria Pérez, Gabinete de Curiosidades). Eran espacios que mostraban productos diferentes, curiosos, que despertaban preguntas de otras tierras. ¿Cómo será la vida ahí? ¿Para qué sirve este objeto? ¿Cómo se usa?

Estas son preguntas agradables, positivas, con respuestas interesantes, cuanto menos. No molestan, no incomodan. Más bien nos conectan: con el otro, con el objeto y con la posibilidad de convertirlo en algo nuevo, de darle un nuevo uso o trasladar lo aprendido a algo que ya conocemos.

Pero también existen curiosidades incómodas -para algunos-. Preguntas que sacuden cimientos y cuestionan paradigmas demasiado asentados. Esta es la que se llamaría curiosidad disruptiva, porque es la que rompe moldes. Esta curiosidad, si se fomenta y se sabe mezclar con conocimiento, da saltos cualitativos hacia arriba, no sólo pasos hacia delante. Provocan una innovación tan disruptiva como la curiosidad que la originó.

Los que fueron, antes que nadie, a esas tierras de las que luego trajeron los objetos, lo hicieron movidos por este tipo de curiosidad. En algún momento se preguntaron: ¿Y POR QUÉ NO?

Lo que disfrutaron luego esos objetos, lo hacían desde la curiosidad incremental: ¿Y POR QUÉ? Este tipo de curiosidad  genera  pequeños cambios, ayuda a dar un paso adelante, amplían la mirada sobre algún aspecto. Genera innovación incremental, de mejora de lo que hay.

Los primeros innovaron. Los segundos aprendieron.